Tuesday, November 4, 2008

Caracas

Caracas nunca se sintió tan segura. Y es que ayer, mis queridos narratarios, ayer las fauces infinitas del Sosiego me mordieron - ¡y que mordida mi negro! - para devolverme la paz que todo hombre desea, esa que nos duró nueve meses y tres golpes en la espalda. Espérense y les cuento…

Primero que todo tengo un secreto que desvelarles. Los ángeles, he decidido llamar ángeles a los profetas del señor Sosiego para que me entiendan más fácilmente, son negros, bien feos, huelen a sudor seco y, en mi caso particular, portan armas de distintos calibres y no son tan delicados como uno pensaría. Y es que creo que a mis dos angelitos negros les enseñaron que el camino a la paz se forja a coñazos… literalmente.

Pero mejor dejo el desorden que me caracteriza a un lado y cuento los hechos cronológicamente, así que no se vayan… que ahora viene lo bueno.

Habrán sido las siete y media de la noche - con una ciudad que se apaga y se encierra a las 6 de la tarde ya no se puede esta seguro de la hora – cuando me desplazaba de estacionamiento en estacionamiento para mi casa, la ruta cotidiana armonizada por el concierto de cláxones que nos hace cerrar los ojos e imaginar aquellas vacaciones en los jardines colgantes del edén, donde solo las aves y el silencio dibujaban el pentagrama. En esa danza quieta donde seguro hemos compartido miradas y probablemente uno que otro insulto telepático estaba yo, aturdido y atropellado.

Celular, portátil y volante en mano, quemando las pocas neuronas sobrantes del día solucionaba un problema “importantísimo” para alegrarle el capital a un ser inanimado y abstracto que me gusta imaginar como un gato gordo de traje fumando un habano, iba buscando entre cuatro mil quinientas treinta y dos la canción que definiera este momento en mi vida.

“¡la encontré!” pensé mientras viraba los ojos al camino solo para darme cuenta de que estaba en mi calle. Poseído por Al Bundy suspiré para mis adentros como el que vive de pena en pena, y procedí a realizar la popular danza de cortejo que bailamos con la oscuridad tratando de encontrar en su cuerpo algo fuera de lo común que nos haga desconfiar de su pureza – Ayuda para la memoria: Prostitutas de la libertador – y dar una vuelta larga para explorar a la princesa del minuto siguiente.

Algunas altezas y sinfonías después me propuse abrir el garaje, entrar y estacionar, siempre revisando el espejo retrovisor como quien busca respuestas en el pasado. Portón cerrado y carro apagado abrí la puerta y mi frente se encontró, como regalo del cielo, con el cacho de una pistola que golpeaba como parachoques de camión. Con Jesús en mi cabeza multiplicando no solo peces sino todas mis pertenencias, volteé a ver las cuatro manchas que de lenta pero violenta - y que desproporcionadamente violenta - manera pulverizaron en mi toda razón de tristeza y desesperación.

Cada golpe era un terremoto emocional que resquebrajaba los cimientos de mis desgracias, mientras mi cuerpo tambaleante seguramente retrataba a cualquier padre jugando “dance revolution” o cualquier juego de wii si viene al caso. Luego de la “rolitranca” de bendiciones caí inconsciente al suelo, en un mar de sangre, visceras, orín y mierda.

Cuando desperté todo había desaparecido… no más portátil, ni carro, ni gato gordo fumador. Extrañamente no sentí odio ni dolor –al menos no psicológico-. Me sentí más libre que nunca, se habían llevado mis pertenencias pero me habían dejado una capa de vacío que protegía más que mil escudos de fureleno.
Y en ese momento me liberé de todo. Los ángeles habían cumplido su cometido: El no tener nada, entendí, es el arma más valiosa cuando recorres las calles de Caracas.

No comments: