Paris, cuatro de Noviembre.
Sobre el frío pavimento situado entre el ir y venir del alto acontecer parisino, alineado a la perfección entre el pasado y el futuro, entre dos arcos de guerras distintas, se encontraba el cuerpo desnudo y helado de Zakaria Babamou, o lo que quedaba de él.
La zona estaba rodeada de tiras cuando arrivé a realizar la inspección correspondiente. la yuxtaposición de las dos visiones creaba un ambiente de contrariedad: por un lado el invierno de Champs Elysée con su bosque de árboles y luces, y la gente en su caminar sin final buscando regalos para su familia o simplemente un poco de calor para ellos mismos; por el otro, el cuerpo desmembrado de Babamou, cortado de manera tan exquisita y brutal que hacía pensar que aquella mezcla de crudeza y madurez en estos temas solo puede ocurrir en una ciudad como esta.
Lentamente las escena limitada por cintas comenzó a mostrarse ante mí: en primera instancia divisé un anillo de oro gordo y presumido que se encontraba en segundo dedo de la mano derecha, desde el meñique, de Babamou. La mano era pequeña para un anillo de tal magnitud, y había sido cortada justo debajo de la palma. La posición en la que se encontraba me pareció peculiar, lejos del cuerpo y perfectamente alineada con la otra mano, en iguales condiciones, simulando un encuentro de dos pavo reales en medio de la avenida.
La cabeza se situaba entre las manos, equidistante y diagonal a cada una. El punto medio se definía por el corte que separaba ojos y orejas, y nariz y lengua a la mitad, dejando a la vista la asimetría de la cara de Babamou. No había ningún rastro de estrangulación en su cuello, cortado a la altura de la clavícula, o desfiguración alguna del rostro que diera la idea de forcejeo entre el asesino y su victima.
El trazo del objeto divisor de la carne se mantuvo intacto en su pase por el torso, dividiéndolo como Moisés las aguas, con devoción y pureza. Los órganos habían sido removidos y colocados alrededor de el torso siguiendo la línea de un circulo perfecto cuyo centro se encontraba en el pavimento, entre las dos mitades del Zakaria, seis centímetros por arriba de donde, en situaciones normales, se encontraría el ombligo.
Los brazos y las piernas se mostraban como puntos cardinales, y junto a las manos y pies como puntas, dibujaban algo semejante a un crucifijo, forma que únicamente pudo ser concebida bajo el estado actual del cuerpo.
Me disponía a revisar los pies de manera minuciosa pero me distrajo un pedazo de papel que se escondía debajo de la pierna derecha, que tomé y el cual relataba el fin y los medios que llevaron a Zakaria a este, su lecho de muerte, relatado por su asesino. Leía:
“El cuerpo de Zakaria es perfecto, tal y como lo imaginaba. Cada corte de la navaja separaba sin esfuerzo la carne y el hueso que mantenían a mi ángel vivo. El reía y hablaba sobre el hombre de vitruvio y la genialidad de Da Vinci, mientras yo me dibujaba concreto en los ligamentos de su pie derecho. Ya al momento de despedirnos lo vi y él, que ya había perdido mucha sangre, me regalo una sonrisa de aprobación:’Hicimos lo correcto, el cuerpo ha difamado al alma y a la esencia, somos los elegidos, los ángeles redentores, y debemos mostrarle al mundo la perfección del cuerpo virgen, del cuerpo original’. Luego cerró los ojos y despidió a la vida en un suspiro.
El camino del cambio no es corto, y hoy mi hombre de vitruvio se mostrará imponente como punta de flecha, como rayo que augura tormenta.”
Terminé de leer la carta extrañado, ansioso de entender aquella última frase cuando recibí una llamada para analizar un asesinato en Charles de Gaulle – Étoile.
Sunday, November 9, 2008
Wednesday, November 5, 2008
Noches y rios
Estrellas juegan esta noche a ser jardín en mi ventana: blancas como lilas, rojas como rosas, azules como espliegos. Azules también dibujan algunas el sereno bajar del río, que desde y hasta el infinito nutre este espectáculo de luces.
Y en medio de este paisaje efímero está la luna abierta, fija en mi rostro como un girasol llano, ofuscando mis pensamientos y grabando sobre ellos la quimera de que, de manera inexplicable, tus ojos comparten la misma lluvia de flores que se deshojan en mi terraza, las mismas flores que germinan más allá del horizonte.
Y en medio de este paisaje efímero está la luna abierta, fija en mi rostro como un girasol llano, ofuscando mis pensamientos y grabando sobre ellos la quimera de que, de manera inexplicable, tus ojos comparten la misma lluvia de flores que se deshojan en mi terraza, las mismas flores que germinan más allá del horizonte.
Tuesday, November 4, 2008
Caracas
Caracas nunca se sintió tan segura. Y es que ayer, mis queridos narratarios, ayer las fauces infinitas del Sosiego me mordieron - ¡y que mordida mi negro! - para devolverme la paz que todo hombre desea, esa que nos duró nueve meses y tres golpes en la espalda. Espérense y les cuento…
Primero que todo tengo un secreto que desvelarles. Los ángeles, he decidido llamar ángeles a los profetas del señor Sosiego para que me entiendan más fácilmente, son negros, bien feos, huelen a sudor seco y, en mi caso particular, portan armas de distintos calibres y no son tan delicados como uno pensaría. Y es que creo que a mis dos angelitos negros les enseñaron que el camino a la paz se forja a coñazos… literalmente.
Pero mejor dejo el desorden que me caracteriza a un lado y cuento los hechos cronológicamente, así que no se vayan… que ahora viene lo bueno.
Habrán sido las siete y media de la noche - con una ciudad que se apaga y se encierra a las 6 de la tarde ya no se puede esta seguro de la hora – cuando me desplazaba de estacionamiento en estacionamiento para mi casa, la ruta cotidiana armonizada por el concierto de cláxones que nos hace cerrar los ojos e imaginar aquellas vacaciones en los jardines colgantes del edén, donde solo las aves y el silencio dibujaban el pentagrama. En esa danza quieta donde seguro hemos compartido miradas y probablemente uno que otro insulto telepático estaba yo, aturdido y atropellado.
Celular, portátil y volante en mano, quemando las pocas neuronas sobrantes del día solucionaba un problema “importantísimo” para alegrarle el capital a un ser inanimado y abstracto que me gusta imaginar como un gato gordo de traje fumando un habano, iba buscando entre cuatro mil quinientas treinta y dos la canción que definiera este momento en mi vida.
“¡la encontré!” pensé mientras viraba los ojos al camino solo para darme cuenta de que estaba en mi calle. Poseído por Al Bundy suspiré para mis adentros como el que vive de pena en pena, y procedí a realizar la popular danza de cortejo que bailamos con la oscuridad tratando de encontrar en su cuerpo algo fuera de lo común que nos haga desconfiar de su pureza – Ayuda para la memoria: Prostitutas de la libertador – y dar una vuelta larga para explorar a la princesa del minuto siguiente.
Algunas altezas y sinfonías después me propuse abrir el garaje, entrar y estacionar, siempre revisando el espejo retrovisor como quien busca respuestas en el pasado. Portón cerrado y carro apagado abrí la puerta y mi frente se encontró, como regalo del cielo, con el cacho de una pistola que golpeaba como parachoques de camión. Con Jesús en mi cabeza multiplicando no solo peces sino todas mis pertenencias, volteé a ver las cuatro manchas que de lenta pero violenta - y que desproporcionadamente violenta - manera pulverizaron en mi toda razón de tristeza y desesperación.
Cada golpe era un terremoto emocional que resquebrajaba los cimientos de mis desgracias, mientras mi cuerpo tambaleante seguramente retrataba a cualquier padre jugando “dance revolution” o cualquier juego de wii si viene al caso. Luego de la “rolitranca” de bendiciones caí inconsciente al suelo, en un mar de sangre, visceras, orín y mierda.
Cuando desperté todo había desaparecido… no más portátil, ni carro, ni gato gordo fumador. Extrañamente no sentí odio ni dolor –al menos no psicológico-. Me sentí más libre que nunca, se habían llevado mis pertenencias pero me habían dejado una capa de vacío que protegía más que mil escudos de fureleno.
Y en ese momento me liberé de todo. Los ángeles habían cumplido su cometido: El no tener nada, entendí, es el arma más valiosa cuando recorres las calles de Caracas.
Primero que todo tengo un secreto que desvelarles. Los ángeles, he decidido llamar ángeles a los profetas del señor Sosiego para que me entiendan más fácilmente, son negros, bien feos, huelen a sudor seco y, en mi caso particular, portan armas de distintos calibres y no son tan delicados como uno pensaría. Y es que creo que a mis dos angelitos negros les enseñaron que el camino a la paz se forja a coñazos… literalmente.
Pero mejor dejo el desorden que me caracteriza a un lado y cuento los hechos cronológicamente, así que no se vayan… que ahora viene lo bueno.
Habrán sido las siete y media de la noche - con una ciudad que se apaga y se encierra a las 6 de la tarde ya no se puede esta seguro de la hora – cuando me desplazaba de estacionamiento en estacionamiento para mi casa, la ruta cotidiana armonizada por el concierto de cláxones que nos hace cerrar los ojos e imaginar aquellas vacaciones en los jardines colgantes del edén, donde solo las aves y el silencio dibujaban el pentagrama. En esa danza quieta donde seguro hemos compartido miradas y probablemente uno que otro insulto telepático estaba yo, aturdido y atropellado.
Celular, portátil y volante en mano, quemando las pocas neuronas sobrantes del día solucionaba un problema “importantísimo” para alegrarle el capital a un ser inanimado y abstracto que me gusta imaginar como un gato gordo de traje fumando un habano, iba buscando entre cuatro mil quinientas treinta y dos la canción que definiera este momento en mi vida.
“¡la encontré!” pensé mientras viraba los ojos al camino solo para darme cuenta de que estaba en mi calle. Poseído por Al Bundy suspiré para mis adentros como el que vive de pena en pena, y procedí a realizar la popular danza de cortejo que bailamos con la oscuridad tratando de encontrar en su cuerpo algo fuera de lo común que nos haga desconfiar de su pureza – Ayuda para la memoria: Prostitutas de la libertador – y dar una vuelta larga para explorar a la princesa del minuto siguiente.
Algunas altezas y sinfonías después me propuse abrir el garaje, entrar y estacionar, siempre revisando el espejo retrovisor como quien busca respuestas en el pasado. Portón cerrado y carro apagado abrí la puerta y mi frente se encontró, como regalo del cielo, con el cacho de una pistola que golpeaba como parachoques de camión. Con Jesús en mi cabeza multiplicando no solo peces sino todas mis pertenencias, volteé a ver las cuatro manchas que de lenta pero violenta - y que desproporcionadamente violenta - manera pulverizaron en mi toda razón de tristeza y desesperación.
Cada golpe era un terremoto emocional que resquebrajaba los cimientos de mis desgracias, mientras mi cuerpo tambaleante seguramente retrataba a cualquier padre jugando “dance revolution” o cualquier juego de wii si viene al caso. Luego de la “rolitranca” de bendiciones caí inconsciente al suelo, en un mar de sangre, visceras, orín y mierda.
Cuando desperté todo había desaparecido… no más portátil, ni carro, ni gato gordo fumador. Extrañamente no sentí odio ni dolor –al menos no psicológico-. Me sentí más libre que nunca, se habían llevado mis pertenencias pero me habían dejado una capa de vacío que protegía más que mil escudos de fureleno.
Y en ese momento me liberé de todo. Los ángeles habían cumplido su cometido: El no tener nada, entendí, es el arma más valiosa cuando recorres las calles de Caracas.
Monday, November 3, 2008
Sigue en ascenso la construcción de viviendas 3D y avisos de proyectos inconclusos
Habíamos planeado tanto el color de las paredes que pasamos por alto el peso de lo que estábamos construyendo. Cada columna disimulaba un sentimiento tan imborrable como las marcas de fundido – signo inequívoco de experiencia – que intentaban esconderse detrás del la clara pintura que coloreaba la reja principal.
Había suficiente polvo para definir pulcritud, y cada esquina de la casa era un grito de independencia reprimido por concesiones que acordamos para establecer un equilibrio entre lo tuyo y lo mío, entre todo lo que realmente no tenía importancia.
No sé que se desplomó primero, y realmente no me importa, pero sé que el principio del final fue fulminante. Mientras postergábamos el desarrollo de nuevas áreas para arreglar aquellas arruinadas, el efecto dominó se apodero cuarto a cuarto de la residencia como una mecha que se acerca peligrosa a su explosivo, indestructible e indemorable.
Ya era demasiado tarde, lo sabíamos. La casa había muerto, y nosotros habíamos muerto con ella.
Había suficiente polvo para definir pulcritud, y cada esquina de la casa era un grito de independencia reprimido por concesiones que acordamos para establecer un equilibrio entre lo tuyo y lo mío, entre todo lo que realmente no tenía importancia.
No sé que se desplomó primero, y realmente no me importa, pero sé que el principio del final fue fulminante. Mientras postergábamos el desarrollo de nuevas áreas para arreglar aquellas arruinadas, el efecto dominó se apodero cuarto a cuarto de la residencia como una mecha que se acerca peligrosa a su explosivo, indestructible e indemorable.
Ya era demasiado tarde, lo sabíamos. La casa había muerto, y nosotros habíamos muerto con ella.
La última lección
Max se estremecía, como un tigre, en espera del momento señalado. Aun así sus ojos no mostraban emoción alguna, es más, su mirada permanecía a medio cerrar simulando dormir mientras se aferraba con el hocico a un paño, que había tomado de algún lugar pocos minutos antes, para esconder su intranquilidad. No más falsas alarmas, no más decepciones. Era hora de probar su valentía, hora de salvar a su amo…
Se repetía a si mismo todo lo que había aprendido en entrenamiento de campo: desde intimidación psicológica hasta armas tóxicas. El boxeo siempre había sido su fuerte y sus movimientos sigilosos lo hacían casi imperceptible para sus adversarios. Pensó en Jimmy. Tuvo que hacerlo, no había otra opción. Recordó su sangre. Recordó como esta llenaba su boca mientras lo traía de vuelta a casa - “No man is left behind” - ya sin vida para que fuera sepultado con los honores que merecía. Pero todo esto era pasado y no había tiempo para divagar. Debía actuar rápido.
Lentamente dibujó los factores en su cabeza: Eran dos hombres los que sometían bruscamente a su amo, y podía sentir en ellos el miedo del desconcierto y por un momento hasta pudo leer sus pensamientos indicandole el camino que debía seguir. Escarbó entre los olores el de una pistola de bolsillo FIE Titan de acción simple, con cargador de hilera lleno de cartuchos calibre .25 ACP y con el seguro lateral todavía presionado. Titubeó. Su instinto sobrepaso su miedo mientras se acercaba rápidamente a la puerta que lentamente comenzaba a abrirse, y cuando sintió que la velocidad de su trote y de la puerta lo haría coincidir con el atacante si saltaba, se lanzó a la suerte sin pensar en consecuencias.
Abatido en el suelo, mareado, sentado encima de un sujeto que no reconocía, divisó una mano que al acercarse se tradujo en un golpe seco en la cabeza. Atolondrado escuchó, como si fueran sus últimas palabras:
- “¡Cuando se llevan el carro es que vienes a salir!... ¡Perro estúpido!”
Se repetía a si mismo todo lo que había aprendido en entrenamiento de campo: desde intimidación psicológica hasta armas tóxicas. El boxeo siempre había sido su fuerte y sus movimientos sigilosos lo hacían casi imperceptible para sus adversarios. Pensó en Jimmy. Tuvo que hacerlo, no había otra opción. Recordó su sangre. Recordó como esta llenaba su boca mientras lo traía de vuelta a casa - “No man is left behind” - ya sin vida para que fuera sepultado con los honores que merecía. Pero todo esto era pasado y no había tiempo para divagar. Debía actuar rápido.
Lentamente dibujó los factores en su cabeza: Eran dos hombres los que sometían bruscamente a su amo, y podía sentir en ellos el miedo del desconcierto y por un momento hasta pudo leer sus pensamientos indicandole el camino que debía seguir. Escarbó entre los olores el de una pistola de bolsillo FIE Titan de acción simple, con cargador de hilera lleno de cartuchos calibre .25 ACP y con el seguro lateral todavía presionado. Titubeó. Su instinto sobrepaso su miedo mientras se acercaba rápidamente a la puerta que lentamente comenzaba a abrirse, y cuando sintió que la velocidad de su trote y de la puerta lo haría coincidir con el atacante si saltaba, se lanzó a la suerte sin pensar en consecuencias.
Abatido en el suelo, mareado, sentado encima de un sujeto que no reconocía, divisó una mano que al acercarse se tradujo en un golpe seco en la cabeza. Atolondrado escuchó, como si fueran sus últimas palabras:
- “¡Cuando se llevan el carro es que vienes a salir!... ¡Perro estúpido!”
Thursday, October 23, 2008
Después de todo no era un angel...
Después de todo no eras un angel,
y con tus alas ensangrentadas en mis manos,
las mismas alas que yo aquella noche dibujé en tu espalda, palpé tu humanidad
y fuiste más bella que nunca...
y con tus alas ensangrentadas en mis manos,
las mismas alas que yo aquella noche dibujé en tu espalda, palpé tu humanidad
y fuiste más bella que nunca...
Monday, October 20, 2008
Sunday, October 19, 2008
Arrancame súbitamente el dolor y plasmémoslo en sonido, dejemos que la sangre fluya por las notas y se lleve con ella el recuerdo, permíteme ahorcarte para poder sentirme vivo y que ella, que ella deje de existir en mí..
Tómame ahora que estoy desnudo y vulnerable, libérame con la belleza de tu voz y manten lejos la oscuridad, que mis heridas ya no aguantan más el ataque préciso y fatal de los segundos.
Hoy, amada mia, tus cuerdas serán mis ojos y, a través de ti, mi llanto sera eterno.
Tómame ahora que estoy desnudo y vulnerable, libérame con la belleza de tu voz y manten lejos la oscuridad, que mis heridas ya no aguantan más el ataque préciso y fatal de los segundos.
Hoy, amada mia, tus cuerdas serán mis ojos y, a través de ti, mi llanto sera eterno.
De arce y palo de rosa fue creada en la tierra del arroz, de la mano de obra barata y de casí todas las cosas que conocemos, y si generalmente el que la posee duda de sus origenes es porque su belleza y calidad sugieren que esta guitarra fué construida detalle a detalle especialmente para él. Probablemente en su viaje a mis manos estuvo en lugares cuyos nombres no podría pronunciar, fue tocada por manos expertas e inexpertas y, por marcas en su acabado, puedo asumir que ha sufrido los encontronazos típicos de una guitarra customizada para los cats, bluesmen, roqueros, punketos y para mí, solo para mí.
Es la puta más bella que tengo.
Es pura, sincera y leal, y nunca me rechaza en los momentos de deseo, porque en el fondo es mi deseo, y no el suyo, la razón de que siga a mi lado. Clara como la arena su curva figura se recuesta en mis muslos mientras yo me concentro en presionar su cuello largo y sedoso de la manera correcta, porque el desacierto del tacto se traduce siempre en orgasmos falsos, aburridos y, finalmente, en silencios incómodos.
Me gusta que otros disfruten de ella únicamente en mi compañía y no es que sea controlador, el celo no es mi fuerte, pero me gusta instruirme observando, aprender nuevas caricias que evoquen en ella nuevas fantasías y gemidos, y es que en este juego del fornicio la experiencia no es solo cuestión de constancia sino también de las circunstancias de cada persona. Muchas veces reconozco sentir que ella disfruta más el tiento de dedos exóticos, el misterio de lo nuevo y la inocencia de lo virgen, pero igual sé que cada noche me espera desnuda y serena, para dibujar con sus suspiros melodías, preludios, orgías y lamentos.
Es pura, sincera y leal, y nunca me rechaza en los momentos de deseo, porque en el fondo es mi deseo, y no el suyo, la razón de que siga a mi lado. Clara como la arena su curva figura se recuesta en mis muslos mientras yo me concentro en presionar su cuello largo y sedoso de la manera correcta, porque el desacierto del tacto se traduce siempre en orgasmos falsos, aburridos y, finalmente, en silencios incómodos.
Me gusta que otros disfruten de ella únicamente en mi compañía y no es que sea controlador, el celo no es mi fuerte, pero me gusta instruirme observando, aprender nuevas caricias que evoquen en ella nuevas fantasías y gemidos, y es que en este juego del fornicio la experiencia no es solo cuestión de constancia sino también de las circunstancias de cada persona. Muchas veces reconozco sentir que ella disfruta más el tiento de dedos exóticos, el misterio de lo nuevo y la inocencia de lo virgen, pero igual sé que cada noche me espera desnuda y serena, para dibujar con sus suspiros melodías, preludios, orgías y lamentos.
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