Habíamos planeado tanto el color de las paredes que pasamos por alto el peso de lo que estábamos construyendo. Cada columna disimulaba un sentimiento tan imborrable como las marcas de fundido – signo inequívoco de experiencia – que intentaban esconderse detrás del la clara pintura que coloreaba la reja principal.
Había suficiente polvo para definir pulcritud, y cada esquina de la casa era un grito de independencia reprimido por concesiones que acordamos para establecer un equilibrio entre lo tuyo y lo mío, entre todo lo que realmente no tenía importancia.
No sé que se desplomó primero, y realmente no me importa, pero sé que el principio del final fue fulminante. Mientras postergábamos el desarrollo de nuevas áreas para arreglar aquellas arruinadas, el efecto dominó se apodero cuarto a cuarto de la residencia como una mecha que se acerca peligrosa a su explosivo, indestructible e indemorable.
Ya era demasiado tarde, lo sabíamos. La casa había muerto, y nosotros habíamos muerto con ella.
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